Reseña de “Regreso al desconcierto” de Federico Nogara

José Membrive


Puede decirse, generalizando mucho, que hay dos tipos de literatura: la literatura de evasión y la de indagación. La primera presupone que el lector está aburrido o harto de la realidad y necesita olvidarse de ella.  El escritor entonces utilizará una serie de recursos para sacar a ese lector de sí mismo y de su entorno: tratará de arrastrarlo tras una historia plagada de pistas falsas, o tal vez trate de impresionarlo con escenas de terror, sexo o extraterrestres. Es la literatura que trata de impresionar, externa, construida con un estudiado goteamiento de datos para enganchar con la trama. En este tipo de literatura el argumento suele marcar el ritmo y en función de la efectividad del argumento se organizan todos los elementos literarios. Esta literatura ha de ser verosímil.
La otra es la literatura de indagación. Un tipo de texto que en lugar de evasión te arrastra a la introspección, en lugar de alejarte de los problemas te sumerge en ellos y, en lugar de poner en situaciones complicadas a los protagonistas, es el lector el que suele verse implicado en la trama. El texto esboza las historias, va aportando datos y pistas para que quien lee escriba o reescriba su propia historia, a la luz o a la sombra de lo que va leyendo. A esta corriente literaria no le basta con ser verosímil: ha de ser, ante todo, auténtica, verdadera.

En esta corriente se enmarca la literatura de Federico Nogara y, por supuesto, este Regreso al desconcierto.

En el marco de la literatura creativa en que nos movemos, no creo que Federico Nogara, ni en general los literatos, se propongan antes de comenzar, un tipo u otro de literatura, ni que pretendan aleccionarnos sobre algo. Simplemente escriben la obra o, casi mejor decir, dejan que la historia emane a través de ellos. El autor, en este caso, neutraliza su yo y se convierte en huésped de los personajes que hacen y deshacen la historia al compás de sus propias pulsaciones.
Regreso al desconcierto es una obra coral en la que se entrecruzan historias de personajes cuyo denominador común es la búsqueda. Tras el abandono de la mentira, tras el divorcio con los tópicos, tras el hundimiento de las verdades viejas, el ser humano está haciendo pie en un mundo en el que ha de comenzar de nuevo. La novela de Federico Nogara indaga sobre la identidad del individuo en una sociedad fraccionada, atomizada, obnubilada por el polvo producido por el reciente desplome de los valores antiguos. Pero él va un poco más allá: su planteamiento no es individual, sino colectivo ¿Existe alguna posibilidad de una patria común, de una sociedad que acoja y dé sentido a todas estas vidas, aparentemente desconexas?
Creo que todo el planteamiento de la novela está perfectamente resumido en el texto inicial de M. Benedetti: “Quizá mi única noción de patria sea esta urgencia por decir Nosotros, quizá mi única noción de patria sea este regreso al propio desconcierto”.
Asumir el desconcierto es asumir que los valores que hasta ahora nos han sostenido han dejado de tener validez, asumir el desconcierto es concebirse como buscador, como indagador de nuevas relaciones humanas en el campo, sobre todo, de los afectos. Ninguna sociedad nueva puede surgir sin un replanteamiento de la vida afectiva, parece indicar esta búsqueda de los personajes o este sumergirse en la mediocridad de quienes renuncian a esta búsqueda.
Ninguna nueva patria puede surgir sin haber replanteado un nosotros liberador, respetuoso, pero también fraternal. Los diversos fracasos afectivos de los personajes que circulan por esta obra no son sino pruebas, esbozos, ensayos de otra nueva sentimentalidad. Los personajes saben lo que no quieren, incluso el gris funcionario Ramirez que se aferra a su trabajo para salvar el sentido de su vida, sabe que se equivoca, pero permanece aferrado a esa seguridad engañosa que lo irá empequeñeciendo hasta que acepte su propio fracaso. Entonces crece su dimensión humana, porque a la postre lo que se debate no es el triunfo o el fracaso, sino la capacidad humana de discernir, de indagar en sus propios límites. La dicotomía que plantea, es, pues, la búsqueda activa, más que de valores, de puntos de referencia vitales frente a la mediocridad pasiva y tranquila, vacuamente feliz.
Regreso al desconcierto no es la típica y fácil obra pesimista en la que, al descalificar a la sociedad en que se vive, se descalifica al ser humano. Todos los personajes rastrean una solución afectiva, interior, distinta de lo que se llama amor, que tanta guerra y sangre produce.
Tampoco podemos catalogarla como obra de fácil lectura. No es una obra de lluvia torrencial, sino de lluvia fina. Esta que te va fecundando poco a poco. Necesita la implicación activa del lector y, seguramente, requerirá más de una lectura. Una obra que, una vez familiarizados con ella, bien puede servir de libro de cabecera. Podemos incluso, una vez conocida la trama, abrirlo por cualquier página y comenzar a leer, sabiendo que realizaremos una lectura útil, porque toda su prosa está sembrada de pensamientos, reflexiones e ideas.
Al inicio de la primera parte, llamada Las seguridades engañosas, el autor intercala estos versos de Roberto Genta que son, bajo mi punto de vista, esclarecedores:  “Nunca hubo/lo que llamo amor/ pero algo quedó temblando/ ahuecado/ siniestro/ definitivamente insepulto”. En la segunda, el Desconcierto,
la obra, como los personajes, se fragmenta. El protagonista vuelve a una patria en donde apenas encuentra rastro de la  vida antigua. Pero se niega a neutralizarse en la añoranza, tampoco quiere sustituir la realidad por el sueño, por el lamento de lo que pudo haber sido y no fue. El personaje no sabe si podrá comenzar a caminar por un mundo sin apenas referencias afectivas y sociales, tal vez no lo consiga, pero para que los otros lo hagan se necesita un paso previo que a él le toca, resistir, como nos dice el último párrafo de libro: “Y no quiero imaginar futuros. Nosotros, los que deambulamos por ciertas regiones, no nos podemos permitir ese derecho o esa estupidez. Sólo nos queda pegarnos al suelo y resistir”.
Es exactamente lo que hace Federico Nogara con Regreso al desconcierto, pegarse a la escritura, y construir un monumento literario a la resistencia. Una resistencia que tendrá su base en unos lectores que, espero y deseo, sean muchísimos. La obra lo merece.

JOSÉ MEMBRIVE (Jaén 1953) Licenciado en Literatura Hispánica en la Universidad de Granada. Ha publicado varios libros de poesía (“De amor y noche”; Reductos de silencio”), un libro de cuentos: “El Rockero de Mollet” y ha escrito en varios medios de comunicación.