Desvuelo al sur

Gustavo Esmoris

Tarea de todo poeta es, entre tantas otras, llegar al límite mismo entre luces y sombras, sin extraviarse en el intento. Con un encendido manejo del lenguaje, elevado y lleno de imágenes, Héctor Rosales logra esto y más, sin perder la altura imprescindible para la creación, encontrando en cada caso el movimiento exacto a partir del cual incorporar ciertos cables a tierra, desde donde deslizarse a los lugares extraviados. Atado a un viaje pendular que comienza en la memoria oral de los inmigrantes, y del cual termina formando parte activa, Rosales pinta, desde su exilio, –como juego de espejos, como metáfora de lo perdido– una aldea global que nace desde múltiples direcciones opuestas entre sí, construidas para (y por) dos generaciones destinadas –a su pesar– a completar la circunferencia de un permanente forcejeo entre pertenencia y separación. Se ven serios juegos de sonidos y voces, tratando de exponerse “al menor mar posible”. 


Y una perenne estación emparentada a la nostalgia, en el centro de una voz herida pero propia, donde rueda o “rodaba un mañana similar a otoño eterno”. Simplemente sugerida o en forma explícita (“ciudad lejana ésta     incalculable”), aunque siempre presente, Montevideo se vuelve una ciudadverbo, un verbociudad que sólo se conjuga eficientemente cuando se visualiza en lo soñado, para antagonizar amablemente con los lugares de alguna forma impuestos:“nada más diverso que este paisaje     pero/ algo flota montevideándolo desde la gris dolencia/ de los andenes”. Impidiendo a cada cual asirse a los restos de su propio naufragio, la ciudad tiene dos caras igualmente distantes: la extraviada, por supuesto, pero también la adoptada/ adoptante. El exilio es eso: la imagen fugaz y quebradiza de unas calles a medio camino alejándose a oscura marcha; el ser humano despojado de acentos, trocando cultura y cotidianeidades. En ese tránsito en reversa que Rosales decide emprender, el eje es la reminiscencia, la acción de recordar sin detenerse, la literatura asumida como riesgo. Con certero oportunismo, el pasado amenaza instalarse en el dolor del éxodo, paralizando el hoy, y por extensión, el mañana. Eso lo sabe Rosales, quien escapa sin heridas de esta forma de vulnerabilidad, y lo hace de la manera más airosa y compleja a la vez, exhibiendo una poesía que se adentra en ese pasado entrañable pero peligroso, sin dejarse arrebatar el presente. Así, con una aparente complicidad que no es tal, las palabras hacen extrañas alianzas, se toman entre sí como amantes, fusionan la epidermis de sus vocales o directamente deciden chocar a una imperceptible velocidad, incrustándose una dentro de otra (palabracaidista, difácilmente, nubesestacas, aguabajo, por citar algunos ejemplos). En todos los casos –con su original manejo del neologismo– el mensaje emerge con un sentido nuevo, reforzado: “los sin/ alalguna y tristorcida perisferia (...)” escribe el poeta, representando una voz de tribu urbana que se habla a sí misma a la distancia, intransferiblemente montevideana pese al exilio de tantos años, y en el que la palabra se juega –despojada a pesar del elevado y originalísimo léxico-logrado– donde el poeta despliega la más alta y variada gama de recursos, alcanzando un lenguaje que termina por derribar toda barrera que se interponga a su impronta poética. Refiriéndose a los poemas de su libro Visiones y agonías, dice Rosales: “Si alguien más reconoce en ellos algún que otro fragmento de sus propios días, las palabras habrán logrado su más sano propósito: unir luminosamente los sonidos y las imágenes que nos determinan en común.” (Reportaje de Eugenio Eidelstam en: Visiones y agonías, la vigencia del primer Rosales, www.editorial-ene.com / B_Rosales_Hector.htm). De algún modo, esa unidad luminosa de sonidos e imágenes representa la abolición de toda distancia, código que Rosales administra sabiamente, de una manera críptica pero no del todo hermética, sustanciando las huellas que deberán llevarnos –junto a su poesía– de una orilla a otra de esa aventura compartida. Así, de una manera que improvisa interminables puentes pero ve más allá, los sonidos fundidos en el silencio –caprichosos e imprevisibles en su longitud– terminan derrocando lo accesorio, pero no con la intención de quitarle lastre al lector arrastrado de un punto a otro, ni tampoco para asumir representación alguna. Existe un montaje de palabras, ideas y emociones, imperceptible y acompasado, gracias al cual Rosales logra salir airoso de esas trampas que todo poeta suele colocarse a sí mismo. Se alcanza una síntesis admirable, en la que el rigor y la evaluación atinada hacen pensar en la poesía como materia escultórica, y donde el cincel del poeta vale tanto por lo que arranca de la piedra, como por lo que deja de ella.
En Rosales la expresión es misterio, descubrimiento, y en especial, vuelo. Entre el trabajo disciplinado y la más libre inspiración convive –de sur a norte, de norte a sur– ese algo de ave migratoria sobrevolando un dramático destino, buscando su diálogo con la esperanza, sabiendo que a todo invierno lo sigue –inexorablemente– una nueva primavera.